

De hecho, pese al famoso ceceo contrastado con el seseo sevillano-cordobés, y algunas cosas más (por ejemplo, esa confusión de -l con -r: argún, murtitú) los andaluces hablamos bien. En cuanto a uso gramatical, creo que somos de los mejores; ni tenemos laísmos, ni leches. Por algo, la primera gramática fue la de Antonio de Lebrija, sevillano.

Pero yo, optimista de vez en cuando, pienso que esto de los dialectos no es nada malo: la diversidad es buena. Por lo menos, para los filólogos, que nos pasamos la vida buscándole las cosquillas al gato que es nuestra lengua. La mayoría de los mortales, que ni os va ni os viene todo este rollo de los dialectos, pensaréis que para qué sirve, por ejemplo, estudiar el dialecto mozárabe, si de esos ya sólo queda la arquitectura, y mucho es. Incorrecto. Nuestra lengua, el castellano, está plagada de palabrejas que provienen del mozárabe, y éste viene, por supuesto, del árabe. Palabras como azar, esta palabra suena de un modo muy parecido a azahar, "flor del naranjo", ¿verdad? Pues no es casualidad, porque ambas provienen de la misma palabra árabe, zahr, '"flor", por la flor que los árabes pintaban en una de las caras de sus dados.
Ejemplo de jarcha típica: (En romance)
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- Vayse meu corachón de mib.
- ya Rab, ¿si me tornarád?
- ¡Tan mal meu doler li-l-habib!
- Enfermo yed, ¿cuánd sanarád?
Un saludo.




















