La polilla no tiene la belleza de la mariposa.
Sin embargo, la vida le ha hecho más fuerte.

Quién puede matar a un niño

Esta pregunta que todos nos hacemos hoy es también el título de una película (1976) de Chicho Ibáñez Serrador. Trata de unos niños -aparentemente presos de la locura- que utilizan su posición de infantes para asesinar y llevar la maldad allá por donde van. Y es que, a los niños, se les sobreentienden valores que los adultos perdemos con el paso de los años: inocencia, bondad, ilusión... 

Entonces, ¿por qué hay personas que hacen daño a seres inocentes? Ayer noche me llegaban avisos por Twitter y Whatsapp de que un niño había desaparecido en Rincón de la Victoria/La Cala. El simple hecho de que un niño no aparezca ya es motivo de estupor, pero despertar con la noticia de la aparición del cuerpo flotando en una balsa de los Montes de Málaga te llena de rabia. Es ilógico y no entra en ninguna cabeza sana que nadie pueda querer matar a un pequeño. Cuando nos ponemos en el supuesto de que lo ha hecho para infligir el máximo daño posible a su pareja -si es que ésa es la razón, que no lo sé, sólo presupongo-, simplemente me queda pensar en lo cobardes que pueden llegar a ser las personas, en toda la maldad que pueden albergar sus cuerpos y en qué ha fallado la sociedad para que este tipo de situaciones ocurran continuamente y nos quedemos casi impasibles, como si estuviéramos viendo otra noticia de la nieve o cualquier chorrada de relleno -hay personas que se indignan más porque la Esteban haya dicho ésto o lo otro-.

Primero, ¿qué clase de educación recibieron las personas que prefieren utilizar la violencia antes que el diálogo? Ojo, que hay que diferenciar educar y enseñar. En el colegio, el instituto, la Universidad y demás centros se enseñan conocimientos, pero un profesor no puede educar a un niño en valores positivos cuando el ejemplo que recibe en casa es totalmente opuesto. ¿En qué clase de ambiente han vivido para normalizar situaciones violentas? Segundo, ¿qué leyes tenemos para que los hombres y las mujeres prefieran recurrir a un asesinato/una violación/un secuestro para hacer daño a sus parejas o exparejas? Leyes de mierda. Leyes blandas. Leyes que se aplican con doble rasero. Leyes que aplican el segundo y el tercer grado a asesinos por hacer crochet y recoger las migajas del menú que entre todos les estamos pagando.

La vida de este pequeño de 3 años no se va a recuperar, pero los que ahora estamos leyendo esto, a los que nos duele que pasen este tipo de cosas, podemos cambiar un poquito la mentalidad. Eduquemos a nuestros primos, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros amigos y vecinos en el respeto, condenemos firmemente la violencia y la microviolencia -ésa que parece una tontería, un juego, un comentario gracioso del tipo "qué gorda estás", "en casa te vas a enterar", "eso se hace así porque yo lo digo", "yo soy el que lleva los pantalones en esta relación", "no me gusta que quedes con tus amiguitas". Alejemos la violencia de nuestras vidas, porque no es positiva ni aporta nada, sólo dolor.

Cien palabras



Mira hacia el horizonte
como si se le escapase el tiempo.
La camisa de pañuelo:
ojos negros.
Yo lo contemplo a distancia,
siempre en silencio.
En los surcos de las ojeras
lleva grabado su duelo.
Un roce imperceptible,
un pensamiento
se materializa
y se queda en eco
de voces roncas
que mece el viento.
Se dulcifican los gritos,
se enternece el verbo,
las comisuras de sus labios
apuntan al cielo;
sus ojos tristes
muestran destellos.

Hablamos de lo que nos une, arreglamos lo que nos separa.
Imaginamos futuros posibles y las frases se alargan.
Roto el silencio por cien palabras.


Eres


Urgencias


Esa necesidad cada vez más insistente
de tenerte a todas horas,
de oler tu piel mientras busco
el punto de tus cosquillas.
Esa fatalidad cuando no te tengo y
quiero contemplarte en silencio
sabiéndote mi tesoro más preciado
en días de frío.

Esa distancia que nos separa y
que odio por arrastrarnos a letras
en blanco y negro,
con regusto dulce de labios que no se abren.
Esos besos que corren por las ondas
y que ansío darte todos los días, a todas horas.

Si pudiera decirte


Quise empezar el año diciéndote lo mucho que te quiero...
¡pero no me lo pones fácil, jodío!

Destinatario 1


Si escribo esta carta es porque los acontecimientos de los últimos días me han hecho revivir tu partida. El sentimiento de abatimiento de aquella época, no obstante, no me acompaña ahora. Más bien, al contrario, la experiencia me ha servido para sacarle color hasta a las lágrimas más oscuras. Supongo que, en tu persona, también habrás notado la fortaleza tras la desolación, porque, siguiendo el refrán: "Lo que no mata, te hace más fuerte". He sido espectadora del drama del desamor y puedo decir, casi con total seguridad, que he estado a la altura. Nunca, jamás, en la vida, se desea el sufrimiento de una persona a la que adoras. Pienso que la vida es larga y el amor la consume hasta que se reduce a cenizas. Hay, pues, que disfrutar sin pensar en el mañana. Por ello, intuyo, sigues buscando a tu Hipatia. Haces bien: llegará el día en que la encuentres, aunque sea en tu imaginación. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que oyes voces en tu cabeza. Perdona, éso ha sido deshonesto.
La cuestión es, volviendo al tema que me ocupa, que entre una cosa y otra la poca fe que tenía en el amor se está desmoronando. Vamos, que aquello de los dos caballos que deben cabalgar juntos, sin ataduras, al final resulta que va a ser otra de tus patrañas. Ya sea juntos o separados, si el amor acaba no hay nada que hacer. Cada uno a su casa a secar lágrimas y a otra cosa, mariposa. ¿Sabes todas esas teorías que dicen que el amor se acaba a los X años? No sé si darlas por válidas. Puede que sí. O puede que, simplemente, nos cansemos gradualmente de aguantar día tras día las mismas caras de asco, la misma monserga una y otra vez, yo qué sé.
Lo principal es ir de frente y, en el momento en el que sientes que ya no quieres a la otra persona, no marear con tiempos muertos y segundas oportunidades que nunca salen bien. Míranos a nosotros. Nos dimos tantas oportunidades que el tejado reventó de tantas piedras que fuimos tirando. Piedras, cáscaras de naranjas, pañuelos de mocos y semen... Un asco, vaya.
Pero, eh, no te alegres por el tono decepcionado de esta misiva. A mí me va de puta madre. No tengo trabajo, pero todas las demás casillas de mi biorritmo están hasta arriba. Y, oye, el hecho de que no tenga curro no influye negativamente en todos las otras cosas. Y, mucho menos, voy repartiendo la mierda que me sobra (y la mala leche, también) a diestro y siniestro. Si estoy mal, jamás, trato mal a los que me rodean. El amor es compartir pero, ojo, tu otra mitad no tiene por qué llevarse las tortas.
 
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