La polilla no tiene la belleza de la mariposa.
Sin embargo, la vida le ha hecho más fuerte.

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Encerrada en una botella



No soy un genio.
Tampoco soy un lagarto
conservado en alcohol.
Soy una polilla
que aún brilla
cuando algún rayo de Sol
deslumbra por la ventana.

Las lágrimas nublan los destellos
y hacen que los tonos amarillentos
permanezcan en penumbra.

En el fondo, en un rinconcito olvidado,
sé que está ahí. Se llama Esperanza,
y es verde trébol,
pero también color coral
y violeta.

Un Arco Iris que aparece
cuando se olvida la pena.
Cuando suena una cancioncilla de Fandango,
mucho fuel y poca gasolina.
Cuando me coloco los tacones y
me duelen los tobillos
pero me puede la paciencia.
Cuando los abrazos se hacen tules y
me envuelven las caderas.

Quisiera romper el cristal
que me amordaza.
Vidrio verde alga, que se irá lejos,
con la marea.

Cristalitos de seda, azul marino,
enredaderas.
Incrustados en el corazón, noche amarga,
formando dibujos cual cristaleras.

Sueños rotos.
Amores rotos.
Llanto ahogado en una botella.

Su despedida

Allá se va: caminando lentamente con su saquito lleno hasta los bordes. Sólo dejó unas palabras de ánimo ahora que ya nunca volverá. "Quizá sin mí te vaya mejor". Pero eran palabras aprendidas de su clase de guión creativo. Las leí un día en que él volvió tarde y no me felicitó por mi cumpleaños. Y por eso no le creí.

Se lo pensó a conciencia antes de empezar a llenar su hatillo: tenía que seleccionar. Yo le pedía a gritos que no se fuera, o que al menos dejara un par de cosas que eran más mías que suyas. Desde el centro de la habitación, miró alrededor: paredes y muebles cada vez más vacíos, llenos de copos de polvo y pelusas de algodón. Pero no tuvo piedad y empezó a recolectar todos aquellos tesoros que poblaban mi vida. "Llévate el cuadro de Matisse", le dije casi en un susurro. "Pero no te los lleves". De la vitrina de roble fue recogiendo momenos que ya ni recordaba. Detrás del armario encontró dos besos adolescentes y furtivos. En el cajón de los calcetines tenía escondidas unas palabras que oí cuando niña.

Y de pronto, bajo las mantas y toallas, los vio. Estaban abrazaditos y temblando, y no se querían ir. No eran suyos. No les pertenecía. Y grité. Grité tanto que la garganta se quebró y las lágrimas resbalaron por las mejillas. Pero él ya había cogido sus manos arrugadas y sus diminutas patas peludas, y sin decir adiós se marcharon.
 
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