Quizá les haya pasado en alguna ocasión. Quizá, alguna vez, caminando por la calle les pareció ver entre el tumulto de la gente a una persona a la que amaron hace mucho tiempo. Apenas fue un instante, un breve destello de luz, el suficiente como para dejar una quemadura en la retina y en el alma. El suficiente como para dejarte paralizado en mitad de la acera sintiéndote al contracorriente de todo, sin saber muy bien que hacer o que decir. Se le llena a uno la cabeza de recuerdos, y el caso es que no estás seguro de que se trate de esa persona. Primero, porque como digo, fue un breve instante, y segundo porque hace tanto tiempo desde la última vez que lo viste.
Todos hemos cambiado en este tiempo. Y tú también aunque te niegues a reconocerlo. Y está bien que así sea. El caso es que uno queda dudando en mitad de la acera, pensando si no será que uno confunde la realidad con el deseo. Quiero decir que quizá sí se trate de esa persona, pero a lo mejor no. A lo mejor uno la desea tanto que la inventa entre la gente. Desapareciendo y apareciendo, apareciendo y desapareciendo.
Y no digo que quedara algo urgente por decir, algo pendiente… Quizá no sea eso, quizá sea sólo un deseo inconsciente, y uno sólo quiere encontrarse con ella para decirle cualquier tontería. Quizá para recuperar un retazo de aquellos tiempos en los que eramos eternos e invulnerables. Quizá sólo para decir “¿Qué ha sido de ti en todo este tiempo?” “¿Qué fue de nosotros?” “¿Qué ha sido de mi”…
Int. noche
Jamás lo escribiría.
No iría hasta tu puerta, eso no ha sucedido.
No te he besado en tu portal.
Jamás me abrazaste, yo nunca perdí el aliento por ti.
No me sacaste a bailar.
No viajé a tu lado, no fui un espectáculo.
Esa no fue la noche que viviste junto a mí.
No hay de qué preocuparse, no me volveré loca, no pensaré en ti.
No me invitarás a desayunarnos, no me quedaré a dormir.
Serás sólo un nombre, no querré volver a verte.
Jamás me vas a desnudar.
No seré tu esposa, no tendré tus hijos.
Esa no es la vida que elegiste para mi.
No será la vida que elegiste para mí.
No recuerdo haberme ilusionado, ni tus manos sobre mí.
Si una vez me destrozaste parece más un sueño que algo que viví.
Hay alguien que cree en un amor que aparece,
Que dura eternamente y es amor.
Pero estamos a salvo de esa ilusión perfecta.
Porque ese alguien no somos ni tú ni yo.
Porque ese alguien no seremos tú y yo.
Porque ese alguien no somos ni tú ni yo.
Nunca pares de soñar
Llevo unos días que, ante la proximidad de los temidos treinta, estoy baja de ánimos. Además, me ha pasado como a un niño cuando le das a probar una piruleta y luego se la retiras: que se queda con la nostalgia de querer más. Me da la impresión de que, pese a haber vivido intensamente estos treinta años, podía haber aprendido más, amado más, escrito más, viajado más... Sin embargo, como la mujer positiva que soy, me quedo con todo lo bueno que la Vida me ha podido ofrecer y me prometo a mí misma seguir exprimiéndola hasta disfrutarla en todas sus facetas y momentos. Ayer me decía una amiga que, a partir de los treinta, comienza una etapa emocionantísima, llena de retos. No los temo. Porque tengo todo lo necesario para que mi planta prospere y las raíces ya están empezando a asentar.
Una flor en un campo de ruinas
Yo era una tarde de invierno,
nostalgia y ceniza en la cama,
los restos de un incendio provocado,
las ruinas que quedan cuando un castillo
es asaltado
sin piedad,
un poema cansado en forma de papel arrugado
en la papelera de una oficina gris.
Tú eras un paseo por el campo en un día de Marzo,
el olor a caricia sobre hierba recién cortada,
el abrazo de bienvenida en la terminal vacía de un aeropuerto,
la hora del recreo,
la tarde del viernes,
la vuelta a casa después del trabajo,
un sábado por la noche,
el polvo de reconciliación de todas esas discusiones
que en el fondo solo son excusas para encontrar
nuevas formas de quererse,
esas eran nuestras credenciales mucho antes
de presentarnos.
Entonces un día de Otoño
sin cartas y sin manga cautelosa
te acercaste a mí con esa ternura
que solo tienen las personas que saben amar,
me lamiste la tristeza
y nevaste sobre mi espalda tiroteada,
llenaste mi almohada de buenas noches
y mejores sueños al descansar tu cabeza sobre ella,
empecé a acompasar mi respiración a tus latidos
y la música empezó a tener sentido.
Un tiempo después,
una mañana de esas en las que el Polo Norte
se concentra en toda la ciudad,
te observé descansar agotada y en paz
sobre mi cama
mientras escuchaba llover a través de la ventana.
Y de repente, perdí el frío.
y mirarte fue el deshielo,
te contemplé y vi como se reconstruía
la primavera en mi vida,
las cuatro paredes de mi habitación
se abarrotaron de esas margaritas que solo saben
decir que sí.
Me miraste y te pregunté ¿qué has visto en mí?
-Una flor
en medio de un campo en ruinas- .
Contestaste tú.
Elvira Sastre
La paz en tu mirada
Vientos de otoño ondulaban sus mechones libres, una Lamia semidesnuda que mostraba únicamente lo que los demás deseaban ver. Ella buscaba entre los rostros desfigurados, las sonrisas serias, las burlas zafias... los años habían transcurrido en su búsqueda, y ya sus ojos enrojecidos hacían su trabajo por la inercia de su dueña. Pero jamás dejaría de buscarlo. Sólo conocía sus ojos. Pero no sabría decir si eran del color del mar levantado o del horizonte crepuscular. Quizá eran verdes, con sombras de dunas marrones, grises amapolas, negros cometas...
Se dormía consumida por un frenesí noctámbulo. Y en sus sueños aparecían los ojos que un día se cruzase. Deseaba ser una Ondina para acabar poco a poco con los posibles pares de ojos. Reducir el círculo. Volver finalmente al lecho marino con ellos. Observalos. Amarlos. Encontrar la paz.
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